Ballet Sipan: la inclusión que llega con el baile

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El amor por la danza y la confianza, valores que fundan esta experiencia protagonizada por jóvenes.

“Si hubiera más Patricias, el mundo sería un lugar más hermoso pero sobretodo, más inclusivo”. Eso me dijo un amigo el primer día que conocimos a Patricia Mamani, una mujer bajita, de ojos achinados y cabellos castaños que cuando sonríe ilumina la sala.

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Fuente: Vanina Cánepa · La Capital · Fotos: Marcelo Bustamante

PATRICIA MAMANI - BALLET SIPAN

“El Sipan nos formó como personas. Nos ayudó a confiar en que uno puede a pesar de los problemas”, coincide el grupo de jóvenes que integra el Ballet. Al frente, Patricia Mamani, la directora

Oriunda de Juliaca, en la región de Puno al sur de Perú, llegó al país hace más de veinte años. Traía en sus raíces el ritmo alegre de la marinera y los huaynos, y la voluntad de pasar una temporada en Rosario para perfeccionarse en danzas folclóricas locales. Sin embargo, la cosa salió al revés, cautivó con su baile autóctono a propios y a extraños y casi sin planearlo se radicó en el país y comenzó a promover el amor y la enseñanza por la cultura peruana.

El modo de hacerlo fue a través de la danza. El método, dedicación, amor y mucha paciencia. Lo que llegaría con el tiempo es el logro de inclusión y convivencia más valioso: la conformación del Ballet Sipan integrado por niños y jóvenes de barrios humildes y céntricos, chicos de la comunidad toba y descendientes de peruanos.

Las siluetas se multiplican frente al espejo. Se mueven veloces. Como latigazos sacuden los brazos, el torso, los pies. Los pasos son enérgicos, seguros. La frente alta, la sonrisa intacta.

La potencia del movimiento desborda los límites de la sala de ensayo y contagia inevitablemente a los que estamos mirando. Los tambores laten fuerte, vibran en los cuerpos, en la piel y el festejo afroperuano se baila como si fuera la última vez. Sienten ese ritmo como lo que es, una danza del encuentro de culturas que tiene en el salón su correlato. Los jóvenes de San Francisquito se mezclan con los del centro.

Están los de la comunidad Toba de Juan José Paso y Travesía y también los descendientes de peruanos que nacieron en la Argentina. Entre ellos, chicos que crecieron sin conocer sus orígenes.

Hijos de padres marginados que como estrategia de supervivencia optaron por no transmitir la historia familiar para evitar que sus pequeños sean discriminados por inmigrantes o por tener raíces indígenas.

Mientras tanto, en la sala la música explota y los envuelve. Todos brillan cuando bailan y las diferencias se diluyen.

Chicas y chicos de distintos barrios de la ciudad se integran en un encuentro único

“Bailando sos vos, enteramente vos. Hacés lo que te gusta, das lo mejor para que el público disfrute de eso. Cuando uno baja de ahí tiene que enfrentar otras cosas pero cuando estás en el escenario somos nosotros mismos”, dice Georgina Cuevas quien conoció al ballet en la fiesta de las colectividades y supo al instante que ese ritmo era parte de su sangre. No se equivocaba y lo comprobó cuando su mamá le confesó que de pequeña adoraba bailar esas danzas de su tierra peruana.

En la sala de ensayos. Chicas y chicos de distintos barrios de la ciudad se integran en un encuentro único

Ensayando. Jóvenes de distintos barrios rosarinos se integran en un encuentro único

Patricia convocó a los primeros integrantes del ballet hace más de una década. Muchos de ellos provienen de la escuela San José de Cafferata al 2600. Ella es maestra de música y desde esa expresión los empezó a motivar. Les contaba el significado de cada danza, la historia de los esclavos africanos, las luchas de los pueblos indígenas. De a poco los chicos traspasaron las aulas del colegio y en sus horas libres se acomodaron para ir a lo de “Patri”, la seño que les abrió las puertas de su casa y los invitó a participar de una experiencia que cambiaría el rumbo de sus vidas.

“Lo diferente del Sipan es la familiaridad que se vive, eso no pasa en otros ballets. En general el director no se ocupa de saber con quién te vás o con quién viniste, te citan en el lugar y punto. Acá es diferente, hay muchos chicos que están muy solos y que a veces no pueden venir porque no tienen para el colectivo. Es por eso que nosotros intentamos siempre pasarlos a buscar o llevarlos a la casa si se hace muy tarde”. Patri se define como una buena anfitriona y dice que esa cualidad la heredó de sus padres. Será por eso que los chicos circulan por esa casa como si fuera su propio hogar. Llegan, se juntan, toman la merienda, bailan, a veces cenan todos juntos. “Yo quiero que los chicos se sientan bien y vuelvan, que esto sea como un imán. Ellos se han contagiado de esa manera de ser y saben que al nuevo que llega hay que recibirlo bien y hacerlo sentir cómodo”.

La directora del Ballet Sipan, Patricia Mamani, oriunda de Juliaca, al sur de Perú.

La directora del Ballet Sipan, Patricia Mamani, oriunda de Juliaca, al sur de Perú

“Ingresar al Sipan fue un choque para los chicos de la comunidad Qom. Al principio se sintieron como sapo de otro pozo, en algunas situaciones puntuales tenían vergüenza. Yo los entiendo porque he pasado por esas cosas, de chica he ido caminando desde tan lejos para llegar a un salón de baile, transpirada, con zapatillas rotas y si alguien te mira mal eso es muy duro, muy feo. Lo resolvimos hablando, generando confianza en ellos mismos, haciendo que puedan sentirse como en su casa”. Y hacerlos sentir así incluyó en muchas ocasiones prestarles un baño para acceder a una ducha algo tan básico y esencial que sin embargo muchos de esos chicos no tenían en sus propios hogares.

Chicas y chicos de distintos barrios de la ciudad se integran en un encuentro único.

“El Sipan nos formó como personas. Nos ayudó a confiar en que uno puede a pesar de los problemas que tenga en su vida personal y eso es muy importante porque la confianza en uno es la base, a partir de ahí podés hacer todo”. Lucas Robledo creció escuchando las palabras de Patri y se jacta, orgulloso, de los valores que aprendió y que transmite a sus compañeros.”El no hacer diferencias genera mucho compañerismo. No hay barreras entre nosotros. No hay competencias. La competencia nos llevaría por otro camino, generaría envidia, peleas, desunión. Acá construimos lo contrario”.

La charla se extiende durante largo rato, las anécdotas se mezclan y las voces risueñas encantan el ambiente. Como en retrospectiva Patri rememora el camino andado, se miran entre ellos y sonríen. “Mi pasión era formar el grupo pero ahora lo que más feliz me hace es que ellos están logrando ser alguien, que se los respete por lo que hacen y por lo que son”.